Las tensiones en Medio Oriente alcanzan un nuevo punto crítico. Estados Unidos e Irán retomaron este jueves en Ginebra una tercera ronda de negociaciones indirectas, mediadas por Omán, con el objetivo explícito de evitar una guerra que ambas partes describen como “devastadora”. El diálogo se desarrolla bajo la sombra del mayor despliegue militar estadounidense en la región desde la invasión de Irak en 2003.
La negociación en Ginebra
La instancia se llevó a cabo en la residencia del embajador omaní en Suiza, con el canciller Badr al-Busaidi como intermediario. Las conversaciones se extendieron durante más de tres horas en la sesión matutina y continuaron por la tarde. Según la cancillería iraní, se trata de una “última oportunidad diplomática” antes de que expire el ultimátum fijado por el presidente estadounidense, Donald Trump, quien otorgó un plazo de 15 días para alcanzar un acuerdo.
Exigencias de Washington
La administración Trump insiste en que el entendimiento debe ir más allá del programa nuclear iraní e incluir el desarrollo de misiles balísticos. El secretario de Estado, Marco Rubio, calificó la negativa de Teherán a discutir este punto como “un gran problema”. Por su parte, el vicepresidente J. D. Vance advirtió que, si fracasa la vía diplomática, “otras opciones” permanecen sobre la mesa, en línea con las amenazas de Trump de atacar directamente instalaciones iraníes.
La posición de Teherán
Irán, en cambio, busca limitar las conversaciones al programa nuclear y al levantamiento de sanciones económicas. El canciller Abbas Araghchi habló de una “oportunidad histórica” para llegar a un entendimiento, aunque advirtió que el éxito dependerá de la “seriedad” de Washington. El presidente Masud Pezeshkian reiteró que su país no busca armas nucleares y describió la negociación como una salida a la situación de “ni guerra ni paz”.
Antecedentes y enriquecimiento nuclear
Las conversaciones previas colapsaron tras la guerra abierta entre Israel e Irán en junio de 2025, un conflicto de 12 días en el que Washington bombardeó tres instalaciones nucleares iraníes. Antes de esos ataques, Teherán había alcanzado niveles de enriquecimiento de uranio del 60%, según la OIEA, aunque la inteligencia estadounidense sostiene que no habría reiniciado un programa formal de armamento nuclear.
Desde entonces, Irán restringió el acceso de inspectores internacionales, mientras imágenes satelitales recientes muestran actividad en dos de las instalaciones atacadas.
El despliegue militar estadounidense
La presión sobre Teherán se intensificó con el envío de un dispositivo militar masivo: el portaaviones USS Abraham Lincoln, nueve destructores y tres buques de combate adicionales, además del USS Gerald R. Ford en el Mediterráneo. Washington también reforzó su presencia en Israel con cazas F-22 y dispersó buques en Bahréin, sede de la Quinta Flota.
El canciller iraní advirtió que un eventual ataque desencadenaría una guerra regional de gran escala: “No habría victoria para nadie. Sería una guerra devastadora”. Entre las posibles represalias figura el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, lo que ya impacta en los mercados con el Brent en torno a los 70 dólares por barril.
Presión interna y clima regional
El líder supremo Alí Khamenei enfrenta una crisis interna marcada por sanciones, inflación y protestas reprimidas en enero, lo que tensó aún más el vínculo con Washington. Del lado estadounidense, la delegación está encabezada por el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno de Trump.
Analistas internacionales advierten que la región “parece esperar una guerra en este punto”. Si la diplomacia fracasa, la escala del conflicto podría superar la de junio de 2025, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad global.
