La irrupción de herramientas como ChatGPT y otras inteligencias artificiales generativas ya dejó de ser una promesa futurista para instalarse de lleno en la literatura, el periodismo y la vida académica. Sus defensores y críticos coinciden en un punto: la forma de producir textos nunca volverá a ser la misma.
La historia de la escritura siempre estuvo ligada a la tecnología. Desde los antiguos escribas que delineaban letras con plumas sobre pergaminos, pasando por la revolución de la máquina de escribir que hizo temblar a los amantes de la caligrafía, hasta la era de los procesadores de texto, cada avance técnico ha transformado el acto de redactar. La llegada de la inteligencia artificial es, para muchos, el siguiente gran salto.
El historiador Martin Lyons, en su obra El siglo de la máquina de escribir, analiza cómo cada dispositivo interpuesto entre el autor y la página fue modificando el proceso creativo. Con la IA, esta mediación alcanza un nivel inédito: el software no solo corrige, completa o traduce, sino que también puede originar párrafos enteros. Así lo explica el escritor y cronista español Jorge Carrión, quien experimentó con esta tecnología en su novela Los campos electromagnéticos, desarrollada en conjunto con el Taller Estampa y una versión temprana de ChatGPT. «Fue interesante y hasta divertido», confiesa, «pero la IA obliga al escritor a transformarse en editor y curador más que en narrador puro. No volvería a repetirlo, aunque observo de cerca cómo evolucionan estos sistemas».
Textos sintéticos, literatura artesanal
Carrión no duda en advertir que la mayoría de los textos generados por IA carecen de alma y calificó muchos de ellos como «un fraude literario». Según su visión, mientras la redacción de correos, informes y escritos administrativos será cada vez más automatizada, la literatura conservará su impronta artesanal. «El gran dilema es que muchos lectores no distinguen ya qué es literatura y qué es un texto de consumo rápido», reflexiona. Para él, si alguna vez surgen autores virtuales con identidad propia, será un fenómeno comparable a los partidos de ajedrez entre humanos y computadoras.
Un invitado incómodo en la escuela
El impacto en la educación es evidente. Profesores de nivel medio comentan con suspicacia sobre alumnos que, de pronto, presentan ensayos con una redacción impecable y estilo sofisticado. Sin embargo, los errores típicos de los bots —referencias a obras inexistentes o datos inverosímiles— suelen delatarlos. Frente a esta situación, surge la discusión: ¿prohibir su uso o enseñar a utilizar la IA de forma crítica y responsable?
Para Julián Mónaco, docente e investigador del TecnocenoLab (UBA), la respuesta pasa por la pedagogía: «Las instituciones deben construir nuevas formas de sociabilidad para habitar este contexto con mayor potencia. El ChatGPT maneja enormes volúmenes de datos, pero necesitamos saber cómo guiarlo y, sobre todo, cuándo cuestionarlo. Esta formación no puede quedar relegada a cursos optativos o instancias finales de la carrera».
En la redacción, el factor humano persiste
En las redacciones de medios gráficos, la IA se convirtió en una herramienta cotidiana. Luciano Sáliche, periodista de la sección cultural de Infobae, detalla que ya la utilizan para tareas de transcripción, corrección, traducción e incluso redacción básica. «La mayoría de estos programas ahorran tiempo, pero no sustituyen la mirada del reportero», aclara. Para él, un robot no deja de ser un becario rápido y eficiente, pero carente de perspectiva: «El periodismo es más que juntar datos: es proponer una interpretación propia. La IA aún no tiene conciencia, y sin conciencia no hay reflexión genuina».
Una transformación que recién empieza
A pesar de la incertidumbre, Carrión cree que es posible mirar este fenómeno sin caer en la paranoia distópica tan explotada por novelas y películas. «Estamos inaugurando una etapa que puede durar décadas. Apenas empezamos a colaborar con inteligencias artificiales para crear experiencias culturales. Más que temerle a un futuro apocalíptico, deberíamos enfocarnos en construir un mañana razonable desde el presente», concluye.
Así, entre avances vertiginosos y preguntas aún sin respuesta, la convivencia entre humanos y máquinas sigue reescribiendo, literalmente, la historia de la palabra.
