La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), puso fin a una de las etapas más violentas y temidas del narcotráfico en México. Su ascenso y consolidación se caracterizaron por la utilización sistemática de tácticas de terror que desafiaron cualquier precedente de crueldad en el país, con métodos que iban desde ejecuciones públicas hasta rituales de canibalismo forzado.

La violencia como herramienta de poder

El Mencho convirtió la violencia en el principal instrumento de comunicación y control. Bajo su mando, el CJNG no solo se expandió territorialmente, sino que construyó una reputación basada en el miedo. El uso de armamento de grado militar, la difusión de videos de ejecuciones y la exhibición pública de cuerpos fueron parte de una estrategia destinada a paralizar a la sociedad civil y a intimidar a grupos rivales.

La brutalidad no era un efecto colateral de las operaciones, sino un recurso deliberado para consolidar hegemonía. La organización fue señalada por agencias internacionales como una de las más peligrosas del mundo, y en 2025 el gobierno de Estados Unidos la designó como organización terrorista extranjera.

Ritual de canibalismo y pedagogía del terror

Uno de los aspectos más oscuros del CJNG fue la incorporación de prácticas de canibalismo en el entrenamiento de sicarios. Informes de inteligencia y crónicas periodísticas internacionales documentaron casos en los que reclutas eran obligados a ingerir órganos de enemigos como prueba de lealtad. Estas prácticas buscaban deshumanizar a los integrantes y convertirlos en ejecutores insensibles al dolor ajeno.

La pedagogía del terror se complementaba con la exhibición pública de cadáveres en puentes y plazas, acompañados de mensajes intimidatorios. El objetivo era claro: demostrar que cualquier resistencia al avance del cártel tendría consecuencias atroces.

Escalada bélica y teatralidad de la violencia

El arsenal del CJNG incluía fusiles de asalto, lanzagranadas y vehículos blindados, pero también métodos de tortura utilizados como espectáculo de guerra psicológica. El uso de lanzallamas y las decapitaciones masivas fueron difundidos en videos que circulaban en redes sociales, reforzando la imagen de un grupo dispuesto a llevar la violencia a niveles extremos.

La teatralidad de estas acciones buscaba expandir la influencia del cártel sin necesidad de combates prolongados: el miedo generado por sus métodos bastaba para que bandas locales se rindieran o abandonaran territorios.

La disciplina del miedo

Oseguera Cervantes organizó al CJNG con una estructura militarizada, donde la desobediencia interna se castigaba con la muerte inmediata. Su pasado como policía le permitió diseñar un sistema de control férreo, en el que la lealtad se imponía mediante la amenaza constante de sufrir los mismos tormentos que los enemigos.

La inteligencia estadounidense describió al CJNG como un “ejército de ocupación”, que utilizaba la tortura no solo para obtener información, sino como castigo ritual y mecanismo de cohesión interna. Las llamadas “casas de seguridad” funcionaban como centros de detención clandestinos, donde las víctimas eran retenidas antes de ser ejecutadas.

Un legado de crueldad

Aunque El Mencho fue abatido en un operativo militar en Tapalpa, Jalisco, su legado continúa marcando el comportamiento de las células operativas del CJNG. La cultura de la violencia extrema se ha arraigado en la organización, que sigue siendo considerada una de las más peligrosas del mundo.

La caída del líder abre interrogantes sobre el futuro del cártel y sobre la capacidad del Estado mexicano para contener una estructura criminal que, durante más de una década, impuso un reinado de terror en vastas regiones del país.

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